
A ellas les gustaba ir a bailar a una discoteca de Madrid frecuentada por inmigrantes negros. Una de aquellas noches, mi Esposa (según me contaría posteriormente) estaba especialmente excitada sin saber muy bien por qué. Al llegar a la discoteca, pidieron todas las amigas sus consumiciones y se dirigieron a la pista. Como en otras ocasiones, la llegada de un grupo de cinco o diez veinteañeras, no pasó desapercibida a los hombres que abarrotaban la sala y, de manera constante, los inmigrantes y los propios españoles intentaban ligar y bailar con mi Esposa y sus amigas.
Tras un rato en la pista, un negro se dirigió a mi Esposa sonriente. Y Ella también le sonrió: era un hombre alto, guapo y sobre todo, muy musculoso. Según dice mi Esposa, tenía el cuerpo de un atleta de velocidad. Ella se sintió automáticamente atraída por él y el hecho de que fuera negro, según me confesaría meses después, le excitó doblemente. Se puso a bailar con él y a los pocos minutos se besaban apasionadamente en mitad de la pista. Sus amigas se quedaron alucinadas porque sabían que mi Esposa y yo convivíamos desde hacía un par de años, pero tampoco ninguna le dijo nada en contra. Antes al contrario, ellas (a pesar de que alguna también estaba emparejada) comenzaron a bailar y a coquetear con los amigos del atleta.
Mientras, y sin atenderlas, mi Esposa introducía la mano dentro del pantalón del negro y él hacía lo propio, magreándole los pechos por encima del vestido. Cuando mi Esposa se sintió plenamente excitada, tomó a su amante de la mano y se lo llevó fuera de la pista. Esquivando parejas y en mitad de la penumbra, se introdujo con él en el servicio de mujeres. Había otras mujeres dentro, pero Ella es muy decidida y no tuvo ningún reparo en colarse en uno de los servicios con su amante a cuestas ante la sorpresa divertida de las mujeres que allí estaban. Una vez allí dentro, le quitó al atleta la camisa admirando su magnífica musculatura negra y su abdominal perfectamente definido. Le bajó los pantalones y calzoncillos y apareció ante ella un pene enorme, de más de veinte centímetros, en estado de semierección. Mi Esposa se inclinó ante él y comenzó a hacerle una felación. Nuevas mujeres entraban al servicio y golpeaban la puerta pero mi Esposa no podía responder nada ocupada como estaba. El negro gemía y gemía mientras mi Esposa se tragaba su verga. Entonces mi Esposa sintió deseos de ser penetrada y le pidió que fuera a por condones. El atleta se resistió, pero al fin, no tuvo más remedio que salir solo del servicio mientras mi Esposa le esperaba encerrada y húmeda. A los cinco minutos, el atleta volvió diciendo que no había encontrado preservativos. Mi Esposa le dijo que entonces no había nada que hacer y salieron del servicio ante la sorpresa de las mujeres que allí estaban.
Al volver a la pista, sus amigas y los inmigrantes habían trabado una cierta amistad y otra de sus amigas ya estaba besándose con uno de ellos. Entre besos y caricias continuó la noche, hasta que el amante de mi Esposa les propuso seguir la fiesta en su piso. Ella habló con una de sus amigas para que le diera un condón. Abrazada a él como si fuera su novia y besándose como enamorados ante la sorpresa burlona de sus propias amigas, mi Esposa y el resto del grupo fueron a la vivienda de los inmigrantes. Al llegar, el atleta tomó a mi esposa de la mano y la condujo a su habitación. Allí la desnudó mientras él permanecía vestido. Mi Esposa se sentó en el borde de la cama y él se arrodilló para lamerle el Trono. Así, humillado ante Ella consiguió que alcanzara un orgasmo. Fue entonces cuando él se abalanzó sobre ella y sacó semierecto su pene del pantalón. Mi Esposa volvió a metérsela en la boca y le dio placer con su lengua. De nuevo sentían ganas de follar y el negro tumbó a mi mujer en la cama y con sus fuertes manos separó sus piernas dejando su Trono abierto y húmedo. Ella le ofreció el condón y él se negó a utilizarlo. Entonces, todo comenzó a desvanecerse. Él pertenecía a otra cultura y no sabía hablar español con fluidez. Todo se fue difuminando. Mi Esposa se vistió y salió de la habitación con sus amigas. En el salón siguieron besándose pero ya era tarde y al poco se fueron. Mi Esposa no contó a sus amigas que al final la relación no se había llegado a consumar. Mi Esposa no me contó nada al llegar a casa y yo nunca advertí al quedar con su grupo de amigas durante los siguientes meses que todas ellas sabían que yo era un cornudo.